Mes: julio 2014

Cosas de enamorados

Hace un año llegué a vivir en Guayaquil. Desde entonces, viajo cada quince días a Loja, mi ciudad. Entre ida y venida el panorama me cambió por completo. Espero con ansias los fines de semana para ir a casa. Recién ahora me doy cuenta que, en verdad, la comida local es deliciosa. Que puedes caminar tranquila por las calles, porque los pitos no te aturden. El tráfico es manejable y no vas con el susto del asalto. La verdad es que jamás reparé en el detalle que, solamente en el centro, hay cinco iglesias que aún conservan su historia intacta. Y cuando vas por las veredas, las carameleros, los canillitas y los que lustran zapatos te saludan con una tremenda sonrisa en la cara. No te conocen, pero te dan la bienvenida a su lugar de trabajo. La gente va de frente, no esquiva tu mirada. Están personas como Dennise Calle que con #ruraleando renuevan la esperanza y el amor por la medicina. O como Mayra Herrera que, con su blog, está proponiendo constantemente cómo mejorar el paisaje urbanístico. O David Eguiguren, quien hizo realidad el sueño del primer videojuego 100 % lojano. O iniciativas de estudiantes como Alza la mirada, desconéctate, que invitan a usar correctamente toda la tecnología que nos rodea. Proyectos como #Loxaesmás que inspiran a amar la ciudad. Tenemos el primer Parque Eólico de Ecuador, que también es el más alto del mundo. Ahora se planea la primera bicípolis del país, es decir, un vecindario abiertamente amigable con la bicicleta, muy propia de ciudades como Ámsterdam, Copenhague, Barcelona, Montreal y Bogotá. Iniciativas como Misión sonrisa, que llenan de alegría los hospitales.
Hay un constante movimiento ciudadano que gira en torno a cómo mejorar la situación actual. Yo no me enamoré de Loja, Loja me enamoró a mí. Mi ciudad me dejó de ser un misterio. Cada día toca mi umbral de asombro y cariño. Y lo eleva constantemente. Seguramente a muchos les pasa lo mismo.

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La otra cara de la regeneración urbana

Hoy, pasadas las 10:30 de la mañana, el alcalde Nebot llegó a la calle Los Ríos. Un pequeño grupo de simpatizantes lo esperaba en la esquina con globos celestes y blancos. Funcionarios municipales coordinaban todo. El motivo de su vista era mostrar que Los Ríos, desde la Portete hasta El Oro, está regenerada. La autoridad se bajó de la camioneta y caminó rápidamente por las aceras reparadas. Comprobó que los cables aéreos ahora son subterráneos, que los basureros estuvieran en su lugar y el aspecto de los postes metálicos; todo esto, parte de la obra de un millón 200 mil dólares que lleva ejecutando el Municipio desde hace seis meses.
El camino es corto, no más de diez cuadras de un punto a otro. Todos caminaban rápidamente, al paso del alcalde. En la mitad del trayecto, entre gritos como “¡Viva Guayaquil!” y “¡Viva el alcalde!” nadie se percató de un mendigo acostado en la vereda, apoyado en un pedazo de techo metálico. Sin zapatos y con la ropa manchada. Con las uñas largas y sucias. Sin ánimo de gesticular una palabra. Algunos pasaron, literalmente, encima de él cual año viejo. Los medios tampoco notaron su presencia porque estaban preocupados por captar el momento exacto de Nebot sonriendo y saludando con la mirada al frente. Una acción mecánica: levantar la mano, caminar, mostrar satisfacción. Así, hasta que las luces de las cámaras estén en ‘off’. Fueron segundos, cuando el mendigo quedó atrás, solo, en medio de la modernidad de la acera.
Minutos después, en sus declaraciones, el alcalde declaró: “le cambiamos la cara a la ciudad, y esto hace que la gente viva con mayor dignidad”. A esta tesis la apoyan personas como Angela Soriana, propietaria de la Mueblería Angelita, quien dijo que luego de esperar varios años, la calle se ve más elegante. Y Lionel Lino, del local Servicio Electro “Lino”; dijo que los ciudadanos contribuirán al mantenimiento con el aseo diario para no dañar el aspecto visual. Durante la jornada, Grecia Cando, concejal del cantón también estuvo presente. Al consultarle sobre el valor de la obra, afirmó que “simboliza el avance de la programación establecida a través de las obras que el alcalde dispone”.
Se sabe que la muestra de esta regeneración no duró más de una hora. Lo que no se sabe es cuánto tiempo llevaba ese mendigo ahí. Si comió o no. Si está sano o enfermo. Si vive en la calle o si tiene dónde dormir. Si se beneficia o no de esta obra. La gente vio que la fachada de la calle Los Ríos es moderna, pero nadie observó la otra cara de la renovación. La otra mitad del paisaje.

Mi carnaval sin nombre

Yo tenía temor a los sin nombre. Me topé con ellos pocas veces y en todas las ocasiones cruzaba la vereda; esquivaba sus miradas. Si por casualidad alguno de ellos rozaba sus brazos con los míos, mientras pasábamos al lado, una corriente de miedo recorría de mi corazón al vientre y del vientre a los pies.
No tener nombre es no tener rostro. Más allá de la teoría de la identidad, estos seres son grises. De naturaleza muerta. No es falta de imaginación no tenerlo; es una elección de vida. Aunque el anonimato puede ser dueño muchos beneficios, alguien tienes que ser detrás de esos ojos. De esa boca. De esa piel.
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Mi rutina diaria me obliga a parar todos los días, a las 08:00, en la cafetería de la esquina. El ritual manda a buscar la mesa que da a la ventana; pedir un café cargado; leer el periódico y tomar el primer autobús a la ciudad. Aquel miércoles yo me había decidido dejar de lado las noticias buenas y malas del mundo. También había dejado la cobardía esperando en la calle. Entré y en la mesa abrí el catálogo de mis soledades. Repasé todas las veces que perdí amores. Los que me dejaron y los que abandoné. Los platónicos e idealistas.
De repente, todo cambió cuando vi una sombra delante de mí. Era uno de ellos. Me advirtió que no me asustara. Se acomodó cual invasor y me miró el alma. Sus ojos fueron mi Vietnam. “Solo eres alguien demasiado arañada por la tela de vida”, dijo. Yo me mantuve muda e incolora. Su sinceridad me tumbó. La verdad es que hay silencios tan sinceros que ni la lluvia debiera romper. Como no hay pudor o disimulo que esconda un ‘sí’ rotundo, quedé delatada.
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Luego de algunos minutos acepté su presencia. No solo en la mesa, sino en mi vida. Él también ha sido arañado y golpeado. Tal vez eso fue lo que me cautivó. Las heridas, entre dos, sanan mejor. Así, ese día comprendí que no existe lo innombrable y algo se perdió al entenderlo: el temor. Lo abracé y tuve la vejez en mis brazos; palpé mi futuro. Desde entonces, él es mi luna llena y mi corazón está contento.

Su presencia me hace por dentro lo que, de niña, me hacía la palabra ‘carnaval’. Un manojo de emociones que forman un continente de amor sin fronteras. Le robé la primavera a Vivaldi para vivirla con él, aunque no tenga nombre.