Mi carnaval sin nombre

Yo tenía temor a los sin nombre. Me topé con ellos pocas veces y en todas las ocasiones cruzaba la vereda; esquivaba sus miradas. Si por casualidad alguno de ellos rozaba sus brazos con los míos, mientras pasábamos al lado, una corriente de miedo recorría de mi corazón al vientre y del vientre a los pies.
No tener nombre es no tener rostro. Más allá de la teoría de la identidad, estos seres son grises. De naturaleza muerta. No es falta de imaginación no tenerlo; es una elección de vida. Aunque el anonimato puede ser dueño muchos beneficios, alguien tienes que ser detrás de esos ojos. De esa boca. De esa piel.
*
Mi rutina diaria me obliga a parar todos los días, a las 08:00, en la cafetería de la esquina. El ritual manda a buscar la mesa que da a la ventana; pedir un café cargado; leer el periódico y tomar el primer autobús a la ciudad. Aquel miércoles yo me había decidido dejar de lado las noticias buenas y malas del mundo. También había dejado la cobardía esperando en la calle. Entré y en la mesa abrí el catálogo de mis soledades. Repasé todas las veces que perdí amores. Los que me dejaron y los que abandoné. Los platónicos e idealistas.
De repente, todo cambió cuando vi una sombra delante de mí. Era uno de ellos. Me advirtió que no me asustara. Se acomodó cual invasor y me miró el alma. Sus ojos fueron mi Vietnam. “Solo eres alguien demasiado arañada por la tela de vida”, dijo. Yo me mantuve muda e incolora. Su sinceridad me tumbó. La verdad es que hay silencios tan sinceros que ni la lluvia debiera romper. Como no hay pudor o disimulo que esconda un ‘sí’ rotundo, quedé delatada.
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Luego de algunos minutos acepté su presencia. No solo en la mesa, sino en mi vida. Él también ha sido arañado y golpeado. Tal vez eso fue lo que me cautivó. Las heridas, entre dos, sanan mejor. Así, ese día comprendí que no existe lo innombrable y algo se perdió al entenderlo: el temor. Lo abracé y tuve la vejez en mis brazos; palpé mi futuro. Desde entonces, él es mi luna llena y mi corazón está contento.

Su presencia me hace por dentro lo que, de niña, me hacía la palabra ‘carnaval’. Un manojo de emociones que forman un continente de amor sin fronteras. Le robé la primavera a Vivaldi para vivirla con él, aunque no tenga nombre.

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