cuento

Tango 24

–Che, vení te invito a un trago. No me gustan las minas con minifalda y el corazón roto.  

Estoy a pocos minutos de llevar 24 miércoles sin él; sin su olor, sus abrazos, su voz. En sueños, Julio Sosa me dijo que salga de mi habitación a respirar un poco; así que decidí llevar mi cabello a un lado, usar minifalda y pintar mis labios de rojo. El despecho me hizo pensar que si lucía al menos un poco coqueta, el dolor pasaría con cualquier compañía. Mientras caminaba por la Moreno 353, un tipo dejó de conducir en media calle y me dijo que no le gusta un corazón roto con minifalda.

–¿A quién carajo le importa? ¡Andáte, boludo! –le dije.

Hace 24 miércoles nada es igual. No recuerdo qué pasó, o qué razones tuvo para abandonarme, así, de esa manera. En este momento podría intentar buscarlo y pegarle una cachetada por cada lágrima que he derramado desde el día que se fue, pero sé que no lo voy a encontrar. Nunca le di motivos para que se canse de mí; tal vez por eso el caradura se fue.

–¿Qué te pensas que sos? Mirá si sho voy a intentar reparar el corazón de cualquiera. Dale nena, subí. ¿Querés un vino o un Fernet?

Hace 24 miércoles mis amigos han llamado, sin parar, a mis teléfonos; han timbrado a mi puerta y yo no salí de cama. Hace 10 días (tal vez) decidí bañarme, pero volví a hundirme en recuerdos, incluso en la tina de baño. Y desde que cerró la puerta y se fue, los testigos de mis sufrimientos han sido los tangos. Yo me hice tango, porque el tango es macho; el tango es fuerte.

–Invitáme a un Fernet y dejame de joder –le dije. 

Irónicamente, él escuchaba en su auto Que me van a hablar de amor.

–Subí, que tu minifalda, tu corazón, vos y sho la vamos a pasar bien. 

Y aquí me tenés, el miércoles número 24 sin minifalda y sin vos, hijo de la reputísima madre que te recontra mil parió. Si alguna vez te vuelvo a ver, te contaré la historia del miércoles en que un desconocido me bajó la falta y yo lo único que pensaba era en Ricardo Darín diciendo: Yo no sabía que no tenerte, podía ser dulce como nombrarte para que vengas, aunque no vengas. Y no haya sino tu ausencia, tan dura como el golpe que me di en la cara pensando en vos.

Los buenos comportamientos

Hoy recordé todas la veces que lastimé a mi familia. Cuando mi hija Lucía lloró desconsolada  porque descubrió (por tercera vez) la existencia de una amante. Las palabras y lágrimas de mi esposa, de mujer humillada, desgarrada y pisoteada. Todas esas veces que me emborraché en el bar de siempre, y pasaba mis noches con la mujerzuela de turno.

No sé si es el mejor día para recordar todo lo malo que hice en la vida, pero sé que es estúpido lamentarme después de 20 años. Ustedes, bola de mentirosos, dicen que más vale tarde que nunca, pero así yo quiera arrepentirme no me serviría de nada. Tal vez ayer, que mi hija y mi esposa aún estaban vivas. Pero hoy ya no.

Mi esposa hizo bien en matar a Lucy y luego suicidarse. En la carta que escribió a su madre dijo que estaba cansada de tanto maltrato y sufrimiento, y que no quería que nuestra hija sufra la misma desgracia, y menos al lado de los tres medios-hermanos que yo le di. Mató a mi hija de 18 puñaladas y luego se lanzó del tercer piso de la casa. Yo las vi a las dos tiradas en el piso, llenas de sangre y con la cara desfigurada, pero estaba tan borracho que no recuerdo si llamé a la policía o fue alguien más.

¿Para qué lamentarme hoy, que ya no las tengo? Mejor las borro de mi memoria y me ahorro cualquier sufrimiento que sé que merezco. Mi esposa escogió ser asesina para estar tranquila. En cambio yo sigo con mis botellas de ron y mis amantes, porque yo lo decidí y soy feliz con ello.

¿Quién dijo que la felicidad siempre está en los buenos comportamientos? Deberían preguntárselo más seguido.

El cuento, Pablo Palacio

Existe en la actualidad asuntos importantísimos de explotación sociológica y política: lo de Marruecos, los sistemas de colonización francesa y española, el gran problema de las finanzas, la identidad de la Europa feudal y la América colonial, la difícil cuestión de la procedencia de los primeros habitantes de este continente, y muchísimos más. Pero creo que brilla sobre todos la eternamente nueva y eternamente vieja opinión pública.

¡La opinión pública, freno de gobernantes y único timón seguro para conducir con buen éxito la nave del Estado! ¡La opinión pública, morigeradora de las costumbres políticas, de las costumbres sociales, de las costumbres religiosas!

Supongamos que pudiera existir un hombre que participe sincera e idénticamente de estas ideas. Luego este hombre debe llamarse Francisco o Manuel y estar a la media edad, entre gordo y flaco, entre barbudo y no barbudo.

Este don Francisco o don Manuel, tiene que ser pequeño, de párpados con bolsas, usar jaquet y detestable sombrero.

Andará lentamente, bladiendo el bastón y moviendo las caderas.

Solterón y aburrido, deberá tener una amiga que fue amiga de todos, conquistada a fuerza de acostumbramiento, y a quien cualquier mequetrefe pudo llamar:

– Pts. Pts… (etc.).

Esta amiga -Laura o Judith- tendrá cualquier nariz -pongamos aguileña-, cualquier cabello -canela-, cualesquiera ojos -pardos-, y será larguirucha y voluntariosa.

Puede vivir al cabo de una calle sucia.

Puede tener amigas muy alegres con quienes celebre sesiones animadas, que suplicarán el cuento como el lodo de un vestido nuevo, al manotazo de un caballo en una charca.

El pequeño sociólogo, ¡oh maravilla!, tendrá que ir dos veces por semana al cabo de la calle conocida y dará vueltas junto a la puerta, mirando a todos lados, azorado, procurando evitar un mal encuentro. Cuando le arroje a la ventana la piedrecilla del silbido, ella hará gruñir los cristales y le contestará con la rabia de sus ojos.

Naturalmente, ella debe divertirse a costa de él, aunque con él no sea posible divertirse.

Y como el sociólogo no tendrá mal olfato, y como casi nunca sabrá lo que decir, ha de toser un poco enojado.

-Oyte, Laura -o Judith-, yo creo que aquí no has estado sola. Dime de quién es esa colilla.

Ella lo aplastará con el silencio.

Entonces, el sociólogo, acoquinado, tendrá que callar también un rato.

Después de ese rato.

-Bueno, Laura -o Judith-, no seas así. Parece que yo viniera a pedirte… por caridad. Anoche has estado con uno de mis amigos y él me contó, sin saber que…

Gran reacción:

-Ve, animal: yo ya no puedo aguantarte más tus cochinadas. ¡Si vienes otra vez con esas, te rajo la cabeza!

Pensamiento:

¨Si esta mujer me raja la cabeza, ¿qué dirá la opinión pública?¨