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Mi primavera

Varios días de exámenes me confirmaron que el cáncer se está apoderando de una parte de mi cuerpo. Ese jueves, luego de hablar con el doctor y salir del consultorio, experimenté mi primer alzheimer emocional. Me olvidé de sentir dolor o rabia o esperanza. No había ningún tipo de emoción rodeándome. 

Llegué a casa, abracé a mi madre, me despedí y viajé ocho horas hasta llegar a la ciudad donde actualmente vivo. Salí a caminar y me detuve frente al portal de la casa 62. Entre las rejas podía ver al jardinero que cuida todos los días el patio trasero de la anciana del barrio. No sé el nombre de la señora, pero a veces creo que tiene cara de Dolores; las que se llaman así suelen arrastrar un pasado lleno de tragedias. Sin embargo, cuando despierto de buen humor, pienso que podría llamarse Lucía. Conjeturas cotidianas. 

Regresando al jardinero, mientras lo veía me percaté que no llevaba zapatos pero regaba con delicadeza unas flores amarillas, como un acto de fe. En ese momento yo estaba moviéndome en la delgada línea entre entender una enfermedad y desmoronarme. Hay quienes se enferman de nada, sólo para morirse; por un momento llegué a pensar que nada es más natural y sensato que eso, pero entendí que siempre habrá alguien empeñado en salvarnos, y ese jardinero me salvó a mi. Es que hay personas que te detienen a vivirlas. Yo tengo un trabajo, una familia, un exnovio y un gato. Él solamente tiene sus flores amarillas y nada se compara con ese patrimonio del corazón, porque hizo de ese jardín una eterna primavera. 

Padezco un exceso de diagnósticos mortales, pero con ver a ese hombre cuidando lo que más quiere, siento que mi primavera está comenzando con el cáncer y grita “¡Ámame!”. ¿Puede alguien mirar el amor a la vida de frente y murmurar que no cree en él? Yo no. Solo ahora entiendo lo que dijeron por ahí: Reconciliarse con la vida es dejar de tratarla como si fuera eterna.

Tal vez lo único que necesitaba era un remezón. Un cáncer. Así aprendo a caminar con la luz puesta y a decirle a la sombra que vuelva otro día.

Olor a mar

Aquella noche poblé su desvelo. Entré a la única habitación de la playa de atracciones fatales y segundos después vio mi silueta en el umbral de la puerta, mientras yo confirmaba que él siempre estuvo esperando ese momento; quise entender cómo podía caber tanta sensualidad entre la luz y la sombra. Me acerqué un poco a su rostro, lo suficiente para que me besara de raíz. Minutos después estábamos haciendo el amor. Yo repetía su nombre. Lo gritaba y lo susurraba. Es que para mí, su nombre me hace por dentro lo que, de niña, me hacía la palabra Navidad. Entonces recordé a Lydia Cacho: “Perder la pasión para mí, no es negociable”. 

Entre el placer y la emoción tuve un momento de lucidez y me di cuenta que olíamos a mar; ese olor no se olvida, se queda impregnado en cada esquina del alma. Las caricias y los suspiros se convirtieron en una apología al amor. Tantos pasos dados por el camino de la vida para terminar suspendidos en apenas minutos que parecieron siglos. Siglos de historia; de nuestra historia. Recuerdo que marqué varios graffitis en el mapa de su piel y al final, rendidos de placer, nos abrazamos y tramamos recuerdos a futuro. Imaginamos cómo recordaríamos ese momento luego de diez años. Apagamos la luz y nos hicimos ocaso.

Después me vestí y con un abrazo me despedí. Le dije: “Déjame un beso, ahí, en ese rincón del silencio”. Salí y mientras caminaba por la orilla de aquella playa, decidí sentarme y escribir en la arena eso que nos acababa de suceder. Nosotros somos de esos que vivimos para contarlo no a voces, sino a letras.  Amarnos de esa manera fue como una ola de mar. Así de efímero; así de bello.

 

¿La escala de Richter medirá esos temblores del corazón? No lo sé.

Como decía Cortázar: “Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación”. 

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La puerta

Muchas veces tuve ganas de hacerlo, pero el miedo me venció porque mamá siempre me advirtió que no abriera esa puerta. Todas menos esa. Incluso cuando mis amigas iban a jugar en casa, nunca la abríamos ni por travesuras; teníamos un límite para estar paradas frente a ella. Ustedes y yo sabemos que cuando somos niños no entendemos porqué los papás nos niegan las cosas, y por eso nunca dejé de preguntarme qué podría haber detrás de esa puerta: ¿flores?¿un jardín? Tal vez una casa de muñecas.

Un día cualquiera, mamá dijo que abriría esa puerta, y que regresaría a la cena. La esperé pero nunca llegó. No la vi mucho tiempo; no sé si fueron meses o años, porque perdí la cuenta el día en que papá dijo que la vida continúa, con mamá o sin ella. Alguna vez la vi cuando salía a escondidas del cuarto, pero fueron instantes. O tal vez no. Nos vimos pero no nos reconocimos. Ella tenía raíces en los pies, y unas cuantas ramas en su cabello. Yo estaba en la mitad de mi metamorfosis.

Mamá murió pocos minutos antes de que Soledad, mi hija, naciera. No pudimos sacar su cuerpo porque las ramas de sus pies impedían que la puerta se abriera, o al menos eso queremos suponer papá y yo.

Las puertas y la imaginación infinita.

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